viernes, 29 de marzo de 2013

Hoy quiero ser grosero

 

cover-colucheHace un par de días volvía a mi casa en micro, como de costumbre, y quedé ubicado entre varios muchachos que iban a jugar un partido de fútbol. Venían echando tallas entre ellos, especialmente contra el que había sugerido esa ruta suponiendo que “no iba a haber taco a esa hora”. La verdad es que había taco. Como de costumbre. Y los muchachos se iban poniendo impacientes porque querían llegar a patear la pelota.

El organizador de la partida (y blanco de las bromas de los compañeros) se dedicaba hábilmente a desviar el tema de conversación para que el tiempo pasara mientras íbamos lentamente acortando distancia hacia las canchas. Un tipo simpático, que iba poniendo un tema tras otro para evitar los silencios que invariablemente hacían que sus compañeros miraran el reloj y se acordaran de quién había tenido la ocurrencia de tomar esa micro, por esa ruta, a esa hora.

Pero había un detalle. El lenguaje que usaban estos muchachos era más que pobre. Debían manejar no más de 500 palabras, entre las cuales “weá” y “culiao” funcionaban como ubicuos comodines. Hay que reconocer que tenían habilidad para defenderse con un léxico tan limitado: las palabras pasaban de ser sustantivos a fungir como adjetivos dentro de la misma frase, de ida y vuelta, sin siquiera intercalar una coma para respirar.

Y no es que me esté espantando de que se utilice un lenguaje soez en una conversación de micro. ¡De ninguna manera! Guardo simpatía y hasta profeso cierta envidia hacia aquellos que saben esgrimir la chuchada con maestría. Yo balbuceo mis improperios con torpeza, y nunca consigo transmitir toda la rabia que quisiera (aunque sigo practicando). Lo que encuentro triste es que un ciudadano termine la educación media manejando un léxico de menos de 1000 palabras.

Venía pensando en el genial Coluche, cómico francés que reivindicaba su grosería diciendo: «Toujours grossier, jamais vulgaire» (siempre grosero, nunca vulgar), dejando claro que si decía groserías no era porque no supiera expresarse de otro modo sino porque elegía, dentro de las opciones del idioma, las palabras que mejor transmitían lo que pensaba. Y si esas palabras sonaban groseras, tanto mejor: eso era exactamente lo que quería decir.

Coluche tuvo incluso la osadía de presentarse como candidato a presidente en 1981. Falleció en un accidente mientras conducía su moto, en 1986.

Dudo que mis compañeros de viaje en Transantiago conocieran la historia de Coluche. Esto no tiene nada de especial. Lo que sí me perturbó seriamente fue que a partir de los giros que iba tomando la conversación de estos futbolistas en tránsito, me enteré de que eran todos estudiantes… ¡de periodismo!

Y aquí mis pensamientos tomaron otro camino. Pensé en el conchesumadre que se está llenando los bolsillos con los créditos que estos pobres diablos tomaron para estudiar periodismo en una universidad chanta (no me importa si es la del Mar o la Pontificia: si una universidad no es capaz de mejorar la expresión oral de sus alumnos, es chanta). Créditos que serán pagados con sangre, derramada por ellos y sus padres, por los pecados de acción u omisión cometidos por los sucesivos gobiernos desde Pinochet hasta la fecha. Pensé en sus profesores, que deben debatirse diariamente entre intentar colar alguna idea en esas molleras encallecidas o decirles a calzón quitado: “Cabros, les están viendo las weas al cobrarles por un título que no les van a pescar ni en bajada”. Pensé en los que hoy usan un lenguaje melifluo, dorando la píldora con la palabra “desigualdad” porque no se atreven a decir “injusticia”.

En fin. Quisiera ser más grosero para poder decir lo que pienso de los culpables de esta mierda, pero ya les dije que no soy tan hábil en ese campo.

sábado, 9 de marzo de 2013

Desintoxicarse

 

Esta tarde me estaba acordando de gente que conocí hace muchos años, trabajando en una empresa de montaje industrial. Yo era el más cachorro en medio de un grupo que tenía muchos kilómetros recorridos. Y una de las cosas que me gustaba de ese trabajo era escuchar las historias que los más veteranos contaban en las pausas que hacíamos para tomar mate.

Algunos de estos trabajadores habían estado empleados en empresas mucho más grandes, transnacionales como Techint o Chicago Bridges, que los habían llevado a trabajar en obras bien lejos de casa. Un par de ellos me contaban de una temporada que habían pasado en Libia soldando estructuras para el montaje de una planta para almacenar petróleo.

La historia era que en Libia ellos vivían en un campamento. Había una ciudad a unos cuantos kilómetros pero iban pocas veces. En una de esas salidas, mis compañeros habían conocido unas mujeres con las que se habían puesto de acuerdo para salir unos días más tarde. Pero uno de ellos, a medida que se acercaba la fecha de su salida, empezó a preocuparse: hacía mucho tiempo que no tenía una erección. Cuando el susto fue más grande que la vergüenza decidió comentar sus temores con su compañero.

“Tranquilo, socio” – le dijeron – “esto se arregla fácil: deje de tomar el agua del campamento y santo remedio”. Ahí se enteró el hombre que la empresa, para ahorrarse algunos de los problemas que podrían generarse en un campamento con más de mil hombres solos en medio del desierto, agregaba alguna magia al agua para mantenerlos a raya (decían que era piedra alumbre, pero no pude confirmar el dato). El truco era comprar agua embotellada, no usar hielo, y no tomar agua corriente ni siquiera al lavarse los dientes. Mi amigo terminaba el relato con una sonrisa de alivio: “Funcionó”, decía.

¿Y por qué me estaba acordando de esto? Es que de pronto se me ocurrió que podíamos hacer el experimento nosotros, aquí y ahora. No, no hablo de agregar alumbre al agua de la Moneda (aunque no estaría mal!). No sé si hay alguna cosa que nos estén poniendo a nosotros en el agua. Pero sí sé que hay otras cosas que nos contaminan, y que podríamos probar de suprimir a ver qué pasa.

Por ejemplo: sospecho que si una buena cantidad de nosotros deja de mirar televisión, aunque sea por unos días, pueden pasar algunas cosas. Yo dejé de mirar televisión hace rato, pero conozco mucha gente inteligente que sigue consumiendo su dosis diaria. Y sospecho que si dejaran su dosis por una semana podrían pasarle algunas cosas.

No se trata de quebrar la industria televisiva (aún no) o de abandonar la televisión para siempre, sino sólo permitir que una buena cantidad de ciudadanos dejen de intoxicarse por unos días. ¿No creen que habría algunos despertares? ¿No les parece que podría ser el primer inocente guijarro que precipite una avalancha?

Escucho ofertas.