miércoles, 30 de noviembre de 2011

De teletones, confianza e impuestos

 

En este año 2011, en el que la confianza en las instituciones ha caído a límites peligrosos, ni siquiera las iniciativas solidarias se salvan del ambiente cáustico que mantiene todo bajo sospecha.

En estos días se renueva la publicidad de la próxima Teletón, y junto con los anuncios llueven las críticas.  Críticas que resultan amargas, tanto para quienes las reciben como para quienes las emiten (quedando luego como los malos de la película).

Y es que aquí nos encontramos con otra de esas situaciones enredosas producidas por la manía de nuestro Estado de aparecer como “subsidiario” cuando en realidad se está borrando olímpicamente de sus responsabilidades fundamentales.

A esta altura ya estará saltando alguno para decir “la Teletón lo hace bastante mejor que el Estado” (como leí por aquí).  Pero aquí no estamos criticando la labor de la Sociedad Pro Ayuda al Niño Lisiado: creo que ellos merecen todo nuestro respeto y apoyo.  Lo que me parece impresentable es que el Estado se desentienda de la financiación de esta Sociedad.  ¿No sería lógico que una actividad que nos interesa a todos tenga una partida propia en el presupuesto nacional? ¿No es responsabilidad del Ministerio de Salud, acaso? ¿Por qué debemos depender de la “buena voluntad” de algunos privados para poder financiar derechos básicos?

Tenemos un Estado muy ausente, aunque no tan ineficiente como nos tratan de vender: para lo poco que pagamos en impuestos, estamos obteniendo algunos servicios que no son tan malos.  Pero una mayor tasa tributaria (y especialmente una carga más progresiva) permitiría asegurar más derechos fundamentales como los que hoy se financian con teletones.

¿Y la fundación? ¿Y el espectáculo? ¿Y la emoción? ¿Y la ilusión de tener un país unido y solidario?  Pongamos el entusiasmo y la solidaridad en pagar puntualmente nuestros impuestos, primero.  Y organicemos teletones para otras causas, que luego iremos incorporando a nuestra conciencia y a nuestro presupuesto nacional.

Hoy me decían que no es este el momento de hacer críticas.  Comprendo el temor: no se puede poner en peligro el derecho de los pacientes a obtener su tratamiento.  Ellos son hoy rehenes de esta situación.  Pero podemos hacer tres cosas: hacer nuestra donación en silencio, apagar el televisor, y seguir discutiendo una reforma tributaria que nos permita construir el país que queremos.  Ya nos cansamos de que los dueños del capital definan el país en que nos permiten vivir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Desconfío

 

Así se llamaba un juego de cartas que jugaba con mi abuela. En España lo llaman “El Mentiroso”. Por este barrio seguramente se jugaba (antes de la era Nintendo) pero no sé con qué nombre. La gracia del juego era tenderle una trampa al adversario, poniendo cara de inocente para mentir y cara de mentiroso al decir la verdad. El que desconfiaba cuando el otro decía la verdad, perdía. Y el mentiroso perdía sólo si lo pillaban.

En este momento estamos tratando de participar en una conversación en la que el gobierno cuenta con una cuota de confianza muy baja. A cada anuncio, a cada noticia, dan ganas de levantar la mano y decir “¡desconfío!”. El problema es que en este juego las cartas no se muestran.

Pero debemos seguir intentándolo: si hay algo por lo que me esfuerzo en confiar, es que en algún momento la verdad tiene que aparecer. No se ve mucho entusiasmo por decir verdades, pero me niego a dejar de intentarlo hasta que las cartas estén a la vista.

Desde el Poder Ejecutivo igual nos están diciendo “desconfío” pero lo hacen de una manera que resulta más difícil de desmentir, porque no dan nombres. En el fondo, creo que tienen miedo del movimiento social que están presenciando y están tratando de devolvernos su miedo para que nos quedemos quietos.

Desconfío del Ejecutivo, de El Mercurio, de La Tercera, cuando en vez de hablar de un movimiento social hablan de “encapuchados”. Así, sin nombre ni rostro, para que empecemos a desconfiar de nuestro vecino ¿Será él, mi vecino, uno de los encapuchados? ¿Creerá él que yo soy uno de ellos? Mejor no lo saludo.

Desconfío de los ministros porque en vez de responder a las demandas en forma coherente empiezan a hablar de “ultras”. ¿Ultra qué? ¿Quiénes son esos ultras? ¿Tienen nombre? ¿Tiene sentido negarse a una conversación invocando a unos misteriosos “ultra” que según los ministros se negarán a cualquier negociación?

El ministro Chadwick dice que los “ultra-encapuchados” están recibiendo entrenamiento de “piqueteros argentinos”. Y yo desconfío, porque veo aquí la pluma de lo peorcito de la prensa argentina (diario Perfil) coludida con La Tercera, que reproduce párrafos “selectos” de una columna fraguada en Buenos Aires.

Según el ministro Hinzpeter, los “ultra-piqueteros-encapuchados-izquierdosos-fácticos” son responsables de hacer detonar una bomba en la puerta de Copesa. Y pide urgencia para la ley “anti-encapuchados-izquierdosos-piqueteros-ultra-fácticos”. Y yo desconfío: no me gusta una ley dibujada para desatar una cacería de brujas.

Finalmente, el ministro Larroulet comentó al pasar que se está estudiando la posibilidad de “enajenar activos” para financiar la “reforma educacional”.  Y aquí saltamos todos a coro:

“¡Desconfío!”

Desconfiamos, porque todavía no sabemos de qué reforma está hablando, no sabemos cuánto cuesta, no sabemos qué es lo que quieren “enajenar”. Y desconfiamos, además, porque ya hemos tenido muy mala experiencia con otras privatizaciones hechas por estos mismos actores.

Pero no quiero que esto quede así.

Sin confianza no podemos avanzar un paso. Necesitamos con urgencia hacer la lista de aquellos en los que sí confiamos. Los estudiantes deben mostrar que tienen confianza en sus dirigentes, que ellos los representan y que están jugando el juego sin “ultras” en la manga. También es necesario recuperar la confianza entre ellos y los rectores, que a pesar de algunas “patinadas” siguen arriba del mismo barco (y casi perdiendo la confianza bajo la línea de flotación).

Y sobre todo, tenemos que confiar más en el poder de las palabras. Me parece fantástica la campaña de difusión que la CONFECH empezó a hacer hace unos días, para que toda la población pueda entender y compartir las propuestas estudiantiles. Por ahí va la cosa: los estudiantes cuentan con una cuota de confianza muy grande entre la ciudadanía. Si a eso podemos agregarle la esperanza, los cambios estarán muy cerca.