domingo, 23 de octubre de 2011

Lo que hubiera esperado de nuestros honorables.

 

Me cuesta mucho empezar a escribir.  Esta semana descubrí que algunos vecinos con quienes no estamos siempre de acuerdo me han dispensado el honor de leer lo que escribo.  Y quisiera poder seguir invitándolos a esta conversación: es urgente encontrar caminos de expresión para todos. 

Para todos. 

Para  los que aún se sienten cómodos, para los que nos cansamos de protestar pero no nos cansamos de intentar conversar, y para los que ya se cansaron de hablar y en su desesperanza recurren al grito y la piedra.  Y aunque me cueste, también para los que quieren restablecer la calma usando la luma y los gases.

Podría empezar recordando un viejo proverbio chino… (podría haber sido sumerio, griego o maya, pero no creo que hoy importe mucho).  El refrán decía algo así como: “El sabio señala la luna, y los tontos se quedan mirándole el dedo”.

Hoy no hablaremos de ningún sabio (que si hay alguno, no ha tenido prensa) sino de 17 millones de ciudadanos de a pie, que parecen haberse quedado con los ojos pegados en la mugre de la uña del vecino en vez de mirar hacia dónde señala su dedo.

En una democracia representativa, el pueblo no delibera por sí mismo sino a través de los representantes que ha elegido para esa función.  Desde hace un tiempo, cada vez más ciudadanos están cayendo en la cuenta de que sus representantes no son tales.  No son “uno de nosotros” a quien elegimos en representación nuestra, sino “representadores” profesionales, que pertenecen casi todos al mismo club, y se levantan ocasionalmente de sus sitiales para visitarnos y ofrecernos sus servicios.

Podríamos parafrasear el proverbio inicial: “Los ciudadanos señalan la luna, y los parlamentarios se quedan mirándoles los dedos”

Eso es lo que algunos ciudadanos trataron de señalar al protagonizar una toma en las oficinas del Senado en Santiago.  Y la discusión, en vez de apuntar a la luna (la decepción de la ciudadanía respecto de su posibilidad de hacerse oír a través de sus representantes) se queda en el dedo (los pies sobre la mesa, un vidrio roto, un honorable que quiso dialogar y otro que quería reprimir).  La imagen de una niña (y otros no tan niños) gritando a la cara a un ministro no nos puede dejar indiferentes: es la imagen de una parte de nuestra sociedad que perdió la esperanza.  Quienes todavía esperamos algo de nuestra democracia tenemos la obligación de facilitar una discusión que también los represente a ellos.

Los amigos de las formas se escandalizan con razón: este no es el camino, esto no es democracia.  Puedo comprender ese sentimiento cuando viene de mis vecinos, pero me resulta inaceptable cuando se transforma en el discurso de nuestros “representadores”.

Estimados parlamentarios de oposición: si siguen más preocupados por su seguridad que por representar a sus electores, se van a quedar sin pan ni pedazo.  Prolongar el conflicto para no sufrir la vergüenza de que se resuelva durante este gobierno no les va a aportar un solo voto más.

Estimados parlamentarios oficialistas: ayudar a la resolución de los conflictos actuales no es opcional, esa es su pega, por la que sus electores votaron y todos los contribuyentes pagamos.  Si quieren ayudar a su gobierno escuchen a quienes les dieron su voto, no a quienes financiaron su campaña.

Honorables todos: no nos dejen caer en la desesperanza.  Las asambleas populares son mucho menos eficientes que la democracia representativa, pero sólo ustedes pueden ofrecernos hoy una alternativa, mostrándonos que pueden dialogar como representantes nuestros y no como “representadores” a sueldo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Desiderata

Ya me aburrí de criticar las poses que asume el ministro para disimular sus posturas impopulares.  No hago más que repetir lo que es evidente de este lado de la mesa, e incomprensible para los que están sentados al frente.  Vamos a intentar aclararle un poco la película, para que vea que con una propuesta decente sí se pueden lograr acuerdos.

De usted, señor ministro, hubiera deseado:

Que en vez de partir con la consigna “no podemos hacer que los pobres paguen la educación de los ricos” hubiera dicho, por ejemplo: “Dado que actualmente hay desigualdades de base, que comienzan antes de la enseñanza básica, debemos empezar reforzando las primeras etapas de la educación antes de pensar en la gratuidad de la educación superior”.  ¿No hubiera sido una forma más lógica para empezar a conversar?

Entendemos que actualmente las generaciones que intentan llegar a la universidad vienen con la misma carga de segregación que en años anteriores.  Es decir: los que han tenido menos oportunidades en su enseñanza básica y media no van a ser los primeros beneficiados por la eventual gratuidad de la enseñanza universitaria.  Para que la enseñanza superior gratuita se distribuya equitativamente sin discriminar origen socioeconómico es necesario que todos los que postulan a la universidad hayan tenido las mismas oportunidades.  Así, serán necesarios varios años de buenos jardines, preescolares, buenas escuelas básicas y medias, para que la gratuidad en la enseñanza superior sea justa para todos.

Si Usted, señor ministro, hubiera partido desde esa posición, hoy estaríamos hablando de la garantía de gratuidad y calidad en las primeras etapas, montos de inversión, plazos, y las medidas necesarias para no seguir perdiendo generaciones mientras avanzamos hacia un sistema que de verdad eduque.

En vez de amenazar con que el “fin al lucro” dejaría a medio país sin escuelas, podría haber partido diseñando un sistema de control que regulara las tarifas y el cumplimiento de las normas (especialmente las que prohíben la selección) exactamente como se hace con otros servicios básicos. 

No es exactamente lo que los estudiantes piden, pero se acerca mucho más, es algo que se puede entender como un paso adelante.  Y una buena regulación seguramente espantaría a quienes se metieron en el negocio de la enseñanza sólo por el dinero. 

Y no me hable de la comisión para estudiar si se forma un grupo para redactar un proyecto: esto se debe hacer ya.

En vez de hablar de “becas y créditos para quienes lo necesiten” podría haber empezado por hablar de auditar los costos reales de las universidades y hacer un saneamiento que deje los aranceles en niveles más acordes con nuestra economía.  No es posible que tengamos las universidades más caras del planeta (comparando el precio con el ingreso per cápita).  Eso se tiene que terminar. 

Hay algunas propuestas muy convenientes de arancel diferenciado, que también serían un buen punto de partida.  Usted sabe de qué hablo.  También hay diseños propuestos para entregar créditos a interés cero, que se devuelvan a través de la declaración de impuestos según los ingresos del egresado (y no en cuotas desvinculadas del ingreso).  Esto resultaría aún más barato que dejar que sigan lucrando los bancos (que ya bastante han engordado con el CAE).

Seguramente si partiéramos de esta base, tendríamos algo interesante para discutir y dar a luz a un proyecto aún mejor.  Pero con lo que tenemos hoy no hay ni para empezar.

Y por favor: no siga repitiendo que no se puede negociar a “todo o nada”.  ¡Vamos, ministro!  Aquí le dejo estas ideas que no son “todo” ni “nada” sino sólo un poquito de “algo”.  No son mías: son de varios vecinos suyos que están de este lado de la mesa, junto al 80 y tantos % que creemos que las demandas son justas.  Si se atreve a conversar con los estudiantes en estos términos, le apuesto un completo a que lo van a escuchar.

No tenga miedo: los muchachos llegan a la mesa con slogans que a usted le suenan mal.  Pero ellos no van a dejar de repetir sus slogans mientras usted no cambie los suyos.  Si los trata como adultos verá cómo se gana su respeto.

RSVP (ya sabe usted a quiénes).

domingo, 9 de octubre de 2011

Lo que vale es la intención (oculta)

Y se nos fue otra semana sin acercar posiciones.  Y creo que si no podemos ponernos de acuerdo en la estructura que queremos dar a nuestro sistema educativo, es en gran medida porque no están sobre la mesa las intenciones de cada uno de los actores.

A través de los dichos y actuaciones de cada parte, todos tratamos de adivinar sus propósitos. Nos vamos formando una idea, y en algunos casos atribuimos buenas o malas intenciones a cada uno.  Y tenemos que hacerlo porque sospechamos que no se ha dicho todo, que hay agendas ocultas, que algunas intenciones son inconfesables.

Cada parte adjudica a la otra la intención de prolongar el conflicto.  Los estudiantes creen que al gobierno le conviene apostar al desgaste.  El gobierno dice que la intención de los estudiantes es sencillamente perjudicar al oficialismo.

El ministro dice que no se puede cambiar la educación de la noche a la mañana.  Esto no es una justificación para no cambiar las ideas y principios que han convertido a nuestro sistema educativo en el mamotreto que estamos sufriendo hoy. ¿Cuál es la intención del ministro? ¿De verdad cree que este sistema es bueno y que no requiere un cambio sino sólo algunos “ajustes”?

El presidente dice que “estamos todos de acuerdo con esta causa noble y hermosa”, pero sus actos desmienten sus palabras. Sería bueno que aclarara en qué, según él, estamos de acuerdo.

El vocero de gobierno compara la propuesta de los estudiantes con el Transantiago.  ¿Es sólo un golpe bajo contra la Concertación?  ¿Está tratando de defender el negocio de algún amigo?  ¿Defendiendo a alguien que aportó en la campaña?

Los medios tradicionales de difusión (ya no podemos llamar a eso comunicación) intentaron que el plebiscito por la educación pasara desapercibido.  Empezaron a informar cuando ya no se podía esconder.  Y en vez de destacar la altísima participación, se dedicaron a mostrar que era factible votar más de una vez… ¿Están acaso defendiendo los ingresos que les proporciona la publicidad de las universidades?

Se critica la postura de los estudiantes por ser “todo o nada”.  Pero de parte del gobierno la única propuesta que se presentó es “nada”.  Una nada con intereses más bajos, sí, pero el doble de nada sigue siendo nada.

Para que los estudiantes se sienten a considerar alguna propuesta del gobierno, es necesario primero convencerlos de que esa propuesta nace con buenas intenciones: buscar obtener el mayor beneficio para la mayor cantidad de gente posible, poniendo cuidado en no provocar perjuicios por acción, omisión o falta de previsión.  Esto es lo que aún no hemos visto.