lunes, 26 de noviembre de 2012

¿Habilidad o azar?

 

La semana pasada volvió a las noticias el tema de los permisos para instalar máquinas tragamonedas en locales comerciales.

La discusión, una vez más, incorpora el absurdo de considerar a estos aparatos como “máquinas de habilidad y destreza” y no como juegos de azar.

En principio, podría estar de acuerdo con que se trata de un problema de habilidad: está en juego la habilidad del transeúnte para mantenerse alejado de estos chirimbolos, contra la habilidad del comerciante para atrapar incautos y la habilidad del proveedor de estas maquinitas para ofrecerlas en los lugares en que puedan embaucar a más gente.

Es lo mismo que las tarjetas de casas comerciales: es un juego de habilidad. Nosotros vamos con nuestra humilde habilidad para decir “no me interesa”. El problema es que los que se empeñan en que todos caigamos en sus trampas de plástico tienen muchas habilidades y muchos recursos disponibles para que cada vez más consumidores pisen el palito. Grandes “ofertas” sólo disponibles para los felices poseedores de una de sus tarjetas, posibilidad de pagar con la misma tarjeta en otros negocios, posibilidad de recibir “adelantos en efectivo” (créditos a valores de usura, en realidad) y mucha pero mucha publicidad mostrando caras felices, muy ABC1 (del tipo socioeconómico que jamás usará una de esas tarjetas).

En estos días, el rubro de “juegos de habilidad” se ve incrementado al caer definitivamente las universidades en esta categoría. Ahora tenemos que desarrollar habilidades para descubrir qué universidades hicieron trampa en el proceso de acreditación, y de éstas, cuáles recibirán una sanción y cuáles pasarán coladas cuando el Ministro Beyer diga que su cartera no puede sancionarlas porque “no han incumplido sus estatutos”.

Es decir, un aspirante a ingresar a una carrera, que viene con una preparación más bien básica desde la educación media, debe estudiarse los estatutos, estados financieros y la composición del directorio de la universidad a la que quiere entrar.  Si consigue toda esta información, consigue leerla sin quedarse dormido, y logra comprenderla, luego deberá decidir si a partir de los datos obtenidos la institución merece o no el nombre de Universidad. Todo esto antes de postular.

¿No era esta la pega de la CNA? ¿Es lógico que el Estado permita a estas “máquinas de habilidad” utilizar el nombre de Universidades? ¿No es un engaño a la fe pública? ¿No es criminal el que monta una asociación para engañar al público? ¿No es más criminal aún el que le da la bendición del Estado para que funcione?

Hueás que pregunta uno, nomás.

lunes, 29 de octubre de 2012

Un cuento chino

 

De chico me contaron una fábula (dejémoslo en cuento chino, que queda chic), que narraba las conversaciones entre un atribulado aldeano y el sabio que nunca debe faltar en un buen cuento chino.

La cosa iba más o menos así:

- Oh, sabio, vengo a pedir tu consejo porque en mi casa vivimos muy apretados. Vivo con mi esposa y mis dos hijos, mis padres y mis suegros, y tenemos muy poco espacio – decía el aldeano.

- Muy bien – respondía el sabio – creo que deberías comenzar por meter en tu casa todas las aves de corral que tengas.

El pobre hombre hizo como le decían, pero volvió una semana más tarde a hablar con el anciano (no habían pensado que el sabio fuera joven ¿verdad? No hay sabios jóvenes en los cuentos chinos).

- Oh, sabio, ya metí mis pollos y patos, y hasta una oca en mi casa. Y ahora estamos más incómodos que antes.

- Muy bien – dijo el sabio – ahora invita a pasar a la casa a tus cerdos.

No sé por qué los aldeanos de los cuentos chinos obedecen cuando les ordenan estas tonterías, pero así lo hizo nuestro héroe. Por supuesto que a los tres días estaba de vuelta buscando consejo (¡y en el mismo lugar!) Estos aldeanos chinos que no escarmientan…

- Oh, sabio, vengo a contarte que seguí tu consejo pero ahora, a la incomodidad y el ruido de los pollos se ha sumado el olor de los cerdos. Ahora sí que estamos incómodos.

- Veamos – dijo el desgra… sabio – ¿Tienes una vaca? Métela también en tu casa.

Esta vez la cosa fue grave. El aldeano metió la vaca en su casa, pero aguantó un día y una noche antes de volver corriendo donde el sabio a repetir su queja:

- Oh, grandísimo sabio (eso dicen que dijo), ahora sí que la situación es insoportable. Además de soportar el ruido de las aves y el olor de los cerdos, la vaca se cruzó en la puerta y tenemos que entrar y salir de la casa por una ventana.

- Ahora – sentenció el sabio – vamos a hacer una cosa: deja todas las personas dentro de la casa y los animales afuera.

Y el aldeano hizo lo que le decía el sabio, dejó todos los animales afuera y vivió cómodamente en su casa.

Ese era el cuento. De chico me gustaba escucharlo porque me hacía gracia imaginar la situación, con patos, pollos, cerdos y vacas dejando la embarrada dentro de la casa. Pero cuando me di cuenta de la moraleja conformista que había atrás, dejó de gustarme y lo enterré.

Hasta ayer.

Ayer sentí que habíamos sacado pollos, cerdos, vacas, gorilas y dinosaurios de la casa. Bueno, de algunas habitaciones sí y de otras no, pero algo es algo.

Y siento que es un comienzo, pero el cuento no puede terminar aquí.

Ahora viene la parte en que limpiamos las cagadas de todos estos bichos, y nos ponemos a proyectar una ampliación para ver si algún día estamos cómodos de verdad, en lugar de estar resignadamente acostumbrados.

Si no nos ponemos ahora con esa tarea, vamos a quedar como en el cuento chino, nomás.

martes, 23 de octubre de 2012

¿Cómo te explico…?

 

No podemos seguir esquivando el tema, amigo mío. Venimos de historias muy distintas y eso se nota. Tenemos ingresos distintos, vamos de vacaciones a lugares distintos y mandamos a nuestros hijos a colegios diferentes. Una serie de casualidades nos hizo encontrarnos y caernos tan bien como para juntarnos a tomar unos vinos de vez en cuando. Descubrimos que escuchamos la misma música y tenemos algunos gustos en común, pero hay una discusión a la que le venimos haciendo el quite.

Tú sigues creyendo en este sistema neoliberal, pese a que has venido a mi casa y ves que yo tengo que padecerlo mientras tú lo disfrutas. Para ti las consecuencias indeseables del sistema son simplemente desvíos que requieren pequeños ajustes. Yo, en cambio, creo que esto está todo podrido y que tenemos que cambiarlo completamente.

¿Cómo te explico cómo veo yo la diferencia entre el estado solidario y el estado subsidiario? Es más o menos así: tú tienes cinco hijos, quieres mandarlos a un colegio caro, pero sólo te alcanza para pagarle la cuota a uno. En el estado solidario, buscarías un colegio no tan caro para mandarlos a todos juntos. En el estado subsidiario les haces una prueba y mandas al que sacó puntaje más alto al colegio caro, y a los demás los mandas a una escuela municipal sin copago. Teniendo en cuenta que el mayor va a dar la prueba antes que el menor aprenda a caminar, no hay que ser adivino para saber quién sacará mejor puntaje. Luego tendrás que armar una historia para explicar a los menores que el mayor ganó su oportunidad por su mayor capacidad. Tú no le harías eso a tus hijos ¿verdad?. Entonces ¿por qué crees que como país debemos hacer esa salvajada?

Claro, tú no te sueles plantear ese dilema porque tu ingreso te permite mandar a los cinco a un colegio caro. Pero ¿y si el dilema se te planteara con la salud?¿harías un sorteo entre ellos a ver a quién le toca ir al dentista?

Temo que si empezamos esta discusión me salgas con el clásico “quieren todo gratis”. No soportaría que usaras un cliché tan básico. No lo creo. Espero que no esté en tu repertorio. Porque si llegáramos a ese punto tendría que olvidarme de los buenos ratos, de las veces que me has dado una mano y de las botellas que nos hemos bebido juntos. Tendría que mandarte a la cresta…

¿Conversemos?

sábado, 4 de agosto de 2012

Basta!

 

Durante el verano algunos planetas se alinearon en una forma extraña, lo que provocó que recibiera una invitación para participar en la edición de “Basta!”, un libro de microcuentos en el que 100 autores publicamos historias contra la violencia de género.

De los tres cuentos que envié a consideración de las editoras, uno fue publicado en el libro. El tercero en realidad no era muy bueno, pero el segundo me había gustado bastante así que aquí lo comparto:

Basta

Una conversación que no tuvimos

Mañana saldré en los diarios.

Los pocos que me conocieron van a leer la noticia incrédulos. Los que no, leerán con rabia y opinarán con el gozo de descubrir que fui peor que ellos. Sentirán que ellos no, que ellos nunca podrían ser como yo. Y esa idea los hará sentirse buenos. Como si yo no hubiera sido bueno alguna vez.

Pero no estaré aquí para escucharlos: si no pude resistir la idea de que no me quisieras, menos podré tolerar lo que dirán, cuando todos sepan que fui yo quien te dio la última paliza de tu vida.

Mañana saldremos en los diarios

Varios se sorprenderán al conocernos de esta forma. No podrán creer lo que escondían estas paredes. Quizá me equivoqué al creer que debía guardar silencio y sufrir sola. Ya no lo sabremos: no estaremos aquí para leer lo que otros escribirán sobre nosotros.

domingo, 4 de marzo de 2012

Gestión de ¿calidad?

 

Leyendo sobre el sistema de acreditación de laboratorios y la garantía de calidad en salud. Encuentro contradicciones entre los discursos y la realidad que percibimos.

- El marketing versus la realidad:

En un sistema que se impone como objetivo lograr un producto de calidad, la implementación de un sistema de gestión tendrá la doble virtud de ayudar a mantener y mejorar el nivel de calidad inicial, y al mismo tiempo mantener bajo control los costos.

Suena muy bonito, pero la sensación en los laboratorios es que “la calidad cuesta”, y que nunca es suficiente el presupuesto para implementar el sistema de gestión. ¿Por qué?

Creo que es necesario retroceder un par de pasos para poder tener un panorama más amplio antes de mirar de cerca la calidad:

- El círculo virtuoso:

Supongamos que fabricar un buen producto sin un sistema de gestión de la calidad cuesta $800, y se puede vender ese producto en $ 1000. Supongamos que implementamos un sistema de gestión de la calidad y bajamos los costos a $ 700. Y que podemos seguir vendiendo a $ 1000. E incluso podríamos darnos el lujo de bajar un poco el precio y seguir teniendo margen. Y que además ahora tenemos una calidad controlada. Y que por añadidura tenemos un sistema que puede con el tiempo seguir mejorando la calidad y bajando los costos.

- El círculo vicioso:

Ahora supongamos que el mercado me obliga a vender ese producto a $ 500… Es decir que lo tengo que fabricar por $ 400. Por lo tanto no puedo hacer un producto de calidad: tengo que hacer un producto de $ 400, que no será muy bueno. ¿Puedo implementar en este caso un sistema de gestión de la calidad? ¿Qué calidad se puede ofrecer por la mitad de lo que costaría hacer las cosas bien? En este caso llegamos a un callejón sin salida: al empezar a medir la calidad tenemos que reconocer que el producto entregado no tiene la calidad necesaria, pero los precios de venta que nos impone el mercado nos impiden mejorarla.

No es que la implementación del sistema de gestión nos aumenta los costos: simplemente nos obliga a reconocer que con los precios actuales no se puede entregar un producto con la calidad necesaria.

Y esto ¿dónde nos deja?

A menos que el cartel de nuestro laboratorio diga “Clínica Las Condes”, no podemos poner nosotros el precio que se nos antoje. Pero hay algunas cosas que podemos hacer.

- Comenzando a romper el círculo:

Las municipalidades que no tienen laboratorio propio, licitan sus muestras entre laboratorios privados. Sabemos que en estos casos la competencia por precio es feroz, y que se cobran valores muy inferiores a los precios Fonasa. No voy a tratar de adivinar cómo hacen los felices ganadores para trabajar por debajo del costo y aún así ganar dinero, pero permítaseme sospechar que la calidad de los resultados entregados no puede ser la misma que si trabajaran con los precios correctos.

Si una municipalidad licita su provisión de combustible, y aparece un postulante ofreciendo petróleo a $ 200 el litro ¿sería lógico comprar? ¿no sería razonable sospechar? Y aquí estamos hablando de petróleo, un producto que se puede evaluar fácilmente. ¿Cómo puede una municipalidad evaluar la calidad de los resultados del laboratorio que le vende los exámenes?

Y aquí llegamos al meollo: No se evalúa. El funcionario que elige comprar exámenes a un precio inferior al del arancel Fonasa lo único que ve es que puede mostrar indicadores de gestión que lo hacen ver como un buen administrador. Un buen administrador que ni por casualidad se va a hacer sus exámenes en el consultorio municipal.

¿Cómo podemos lograr que las municipalidades dejen de comprar exámenes bajo el costo? ¿Se puede legislar? ¿Se puede introducir una instancia de evaluación de la calidad antes de la adjudicación? ¿Ayudará la acreditación? ¿O será sólo otra herramienta de marketing?

Se escuchan ofertas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

De teletones, confianza e impuestos

 

En este año 2011, en el que la confianza en las instituciones ha caído a límites peligrosos, ni siquiera las iniciativas solidarias se salvan del ambiente cáustico que mantiene todo bajo sospecha.

En estos días se renueva la publicidad de la próxima Teletón, y junto con los anuncios llueven las críticas.  Críticas que resultan amargas, tanto para quienes las reciben como para quienes las emiten (quedando luego como los malos de la película).

Y es que aquí nos encontramos con otra de esas situaciones enredosas producidas por la manía de nuestro Estado de aparecer como “subsidiario” cuando en realidad se está borrando olímpicamente de sus responsabilidades fundamentales.

A esta altura ya estará saltando alguno para decir “la Teletón lo hace bastante mejor que el Estado” (como leí por aquí).  Pero aquí no estamos criticando la labor de la Sociedad Pro Ayuda al Niño Lisiado: creo que ellos merecen todo nuestro respeto y apoyo.  Lo que me parece impresentable es que el Estado se desentienda de la financiación de esta Sociedad.  ¿No sería lógico que una actividad que nos interesa a todos tenga una partida propia en el presupuesto nacional? ¿No es responsabilidad del Ministerio de Salud, acaso? ¿Por qué debemos depender de la “buena voluntad” de algunos privados para poder financiar derechos básicos?

Tenemos un Estado muy ausente, aunque no tan ineficiente como nos tratan de vender: para lo poco que pagamos en impuestos, estamos obteniendo algunos servicios que no son tan malos.  Pero una mayor tasa tributaria (y especialmente una carga más progresiva) permitiría asegurar más derechos fundamentales como los que hoy se financian con teletones.

¿Y la fundación? ¿Y el espectáculo? ¿Y la emoción? ¿Y la ilusión de tener un país unido y solidario?  Pongamos el entusiasmo y la solidaridad en pagar puntualmente nuestros impuestos, primero.  Y organicemos teletones para otras causas, que luego iremos incorporando a nuestra conciencia y a nuestro presupuesto nacional.

Hoy me decían que no es este el momento de hacer críticas.  Comprendo el temor: no se puede poner en peligro el derecho de los pacientes a obtener su tratamiento.  Ellos son hoy rehenes de esta situación.  Pero podemos hacer tres cosas: hacer nuestra donación en silencio, apagar el televisor, y seguir discutiendo una reforma tributaria que nos permita construir el país que queremos.  Ya nos cansamos de que los dueños del capital definan el país en que nos permiten vivir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Desconfío

 

Así se llamaba un juego de cartas que jugaba con mi abuela. En España lo llaman “El Mentiroso”. Por este barrio seguramente se jugaba (antes de la era Nintendo) pero no sé con qué nombre. La gracia del juego era tenderle una trampa al adversario, poniendo cara de inocente para mentir y cara de mentiroso al decir la verdad. El que desconfiaba cuando el otro decía la verdad, perdía. Y el mentiroso perdía sólo si lo pillaban.

En este momento estamos tratando de participar en una conversación en la que el gobierno cuenta con una cuota de confianza muy baja. A cada anuncio, a cada noticia, dan ganas de levantar la mano y decir “¡desconfío!”. El problema es que en este juego las cartas no se muestran.

Pero debemos seguir intentándolo: si hay algo por lo que me esfuerzo en confiar, es que en algún momento la verdad tiene que aparecer. No se ve mucho entusiasmo por decir verdades, pero me niego a dejar de intentarlo hasta que las cartas estén a la vista.

Desde el Poder Ejecutivo igual nos están diciendo “desconfío” pero lo hacen de una manera que resulta más difícil de desmentir, porque no dan nombres. En el fondo, creo que tienen miedo del movimiento social que están presenciando y están tratando de devolvernos su miedo para que nos quedemos quietos.

Desconfío del Ejecutivo, de El Mercurio, de La Tercera, cuando en vez de hablar de un movimiento social hablan de “encapuchados”. Así, sin nombre ni rostro, para que empecemos a desconfiar de nuestro vecino ¿Será él, mi vecino, uno de los encapuchados? ¿Creerá él que yo soy uno de ellos? Mejor no lo saludo.

Desconfío de los ministros porque en vez de responder a las demandas en forma coherente empiezan a hablar de “ultras”. ¿Ultra qué? ¿Quiénes son esos ultras? ¿Tienen nombre? ¿Tiene sentido negarse a una conversación invocando a unos misteriosos “ultra” que según los ministros se negarán a cualquier negociación?

El ministro Chadwick dice que los “ultra-encapuchados” están recibiendo entrenamiento de “piqueteros argentinos”. Y yo desconfío, porque veo aquí la pluma de lo peorcito de la prensa argentina (diario Perfil) coludida con La Tercera, que reproduce párrafos “selectos” de una columna fraguada en Buenos Aires.

Según el ministro Hinzpeter, los “ultra-piqueteros-encapuchados-izquierdosos-fácticos” son responsables de hacer detonar una bomba en la puerta de Copesa. Y pide urgencia para la ley “anti-encapuchados-izquierdosos-piqueteros-ultra-fácticos”. Y yo desconfío: no me gusta una ley dibujada para desatar una cacería de brujas.

Finalmente, el ministro Larroulet comentó al pasar que se está estudiando la posibilidad de “enajenar activos” para financiar la “reforma educacional”.  Y aquí saltamos todos a coro:

“¡Desconfío!”

Desconfiamos, porque todavía no sabemos de qué reforma está hablando, no sabemos cuánto cuesta, no sabemos qué es lo que quieren “enajenar”. Y desconfiamos, además, porque ya hemos tenido muy mala experiencia con otras privatizaciones hechas por estos mismos actores.

Pero no quiero que esto quede así.

Sin confianza no podemos avanzar un paso. Necesitamos con urgencia hacer la lista de aquellos en los que sí confiamos. Los estudiantes deben mostrar que tienen confianza en sus dirigentes, que ellos los representan y que están jugando el juego sin “ultras” en la manga. También es necesario recuperar la confianza entre ellos y los rectores, que a pesar de algunas “patinadas” siguen arriba del mismo barco (y casi perdiendo la confianza bajo la línea de flotación).

Y sobre todo, tenemos que confiar más en el poder de las palabras. Me parece fantástica la campaña de difusión que la CONFECH empezó a hacer hace unos días, para que toda la población pueda entender y compartir las propuestas estudiantiles. Por ahí va la cosa: los estudiantes cuentan con una cuota de confianza muy grande entre la ciudadanía. Si a eso podemos agregarle la esperanza, los cambios estarán muy cerca.