sábado, 4 de agosto de 2012

Basta!

 

Durante el verano algunos planetas se alinearon en una forma extraña, lo que provocó que recibiera una invitación para participar en la edición de “Basta!”, un libro de microcuentos en el que 100 autores publicamos historias contra la violencia de género.

De los tres cuentos que envié a consideración de las editoras, uno fue publicado en el libro. El tercero en realidad no era muy bueno, pero el segundo me había gustado bastante así que aquí lo comparto:

Basta

Una conversación que no tuvimos

Mañana saldré en los diarios.

Los pocos que me conocieron van a leer la noticia incrédulos. Los que no, leerán con rabia y opinarán con el gozo de descubrir que fui peor que ellos. Sentirán que ellos no, que ellos nunca podrían ser como yo. Y esa idea los hará sentirse buenos. Como si yo no hubiera sido bueno alguna vez.

Pero no estaré aquí para escucharlos: si no pude resistir la idea de que no me quisieras, menos podré tolerar lo que dirán, cuando todos sepan que fui yo quien te dio la última paliza de tu vida.

Mañana saldremos en los diarios

Varios se sorprenderán al conocernos de esta forma. No podrán creer lo que escondían estas paredes. Quizá me equivoqué al creer que debía guardar silencio y sufrir sola. Ya no lo sabremos: no estaremos aquí para leer lo que otros escribirán sobre nosotros.

domingo, 4 de marzo de 2012

Gestión de ¿calidad?

 

Leyendo sobre el sistema de acreditación de laboratorios y la garantía de calidad en salud. Encuentro contradicciones entre los discursos y la realidad que percibimos.

- El marketing versus la realidad:

En un sistema que se impone como objetivo lograr un producto de calidad, la implementación de un sistema de gestión tendrá la doble virtud de ayudar a mantener y mejorar el nivel de calidad inicial, y al mismo tiempo mantener bajo control los costos.

Suena muy bonito, pero la sensación en los laboratorios es que “la calidad cuesta”, y que nunca es suficiente el presupuesto para implementar el sistema de gestión. ¿Por qué?

Creo que es necesario retroceder un par de pasos para poder tener un panorama más amplio antes de mirar de cerca la calidad:

- El círculo virtuoso:

Supongamos que fabricar un buen producto sin un sistema de gestión de la calidad cuesta $800, y se puede vender ese producto en $ 1000. Supongamos que implementamos un sistema de gestión de la calidad y bajamos los costos a $ 700. Y que podemos seguir vendiendo a $ 1000. E incluso podríamos darnos el lujo de bajar un poco el precio y seguir teniendo margen. Y que además ahora tenemos una calidad controlada. Y que por añadidura tenemos un sistema que puede con el tiempo seguir mejorando la calidad y bajando los costos.

- El círculo vicioso:

Ahora supongamos que el mercado me obliga a vender ese producto a $ 500… Es decir que lo tengo que fabricar por $ 400. Por lo tanto no puedo hacer un producto de calidad: tengo que hacer un producto de $ 400, que no será muy bueno. ¿Puedo implementar en este caso un sistema de gestión de la calidad? ¿Qué calidad se puede ofrecer por la mitad de lo que costaría hacer las cosas bien? En este caso llegamos a un callejón sin salida: al empezar a medir la calidad tenemos que reconocer que el producto entregado no tiene la calidad necesaria, pero los precios de venta que nos impone el mercado nos impiden mejorarla.

No es que la implementación del sistema de gestión nos aumenta los costos: simplemente nos obliga a reconocer que con los precios actuales no se puede entregar un producto con la calidad necesaria.

Y esto ¿dónde nos deja?

A menos que el cartel de nuestro laboratorio diga “Clínica Las Condes”, no podemos poner nosotros el precio que se nos antoje. Pero hay algunas cosas que podemos hacer.

- Comenzando a romper el círculo:

Las municipalidades que no tienen laboratorio propio, licitan sus muestras entre laboratorios privados. Sabemos que en estos casos la competencia por precio es feroz, y que se cobran valores muy inferiores a los precios Fonasa. No voy a tratar de adivinar cómo hacen los felices ganadores para trabajar por debajo del costo y aún así ganar dinero, pero permítaseme sospechar que la calidad de los resultados entregados no puede ser la misma que si trabajaran con los precios correctos.

Si una municipalidad licita su provisión de combustible, y aparece un postulante ofreciendo petróleo a $ 200 el litro ¿sería lógico comprar? ¿no sería razonable sospechar? Y aquí estamos hablando de petróleo, un producto que se puede evaluar fácilmente. ¿Cómo puede una municipalidad evaluar la calidad de los resultados del laboratorio que le vende los exámenes?

Y aquí llegamos al meollo: No se evalúa. El funcionario que elige comprar exámenes a un precio inferior al del arancel Fonasa lo único que ve es que puede mostrar indicadores de gestión que lo hacen ver como un buen administrador. Un buen administrador que ni por casualidad se va a hacer sus exámenes en el consultorio municipal.

¿Cómo podemos lograr que las municipalidades dejen de comprar exámenes bajo el costo? ¿Se puede legislar? ¿Se puede introducir una instancia de evaluación de la calidad antes de la adjudicación? ¿Ayudará la acreditación? ¿O será sólo otra herramienta de marketing?

Se escuchan ofertas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

De teletones, confianza e impuestos

 

En este año 2011, en el que la confianza en las instituciones ha caído a límites peligrosos, ni siquiera las iniciativas solidarias se salvan del ambiente cáustico que mantiene todo bajo sospecha.

En estos días se renueva la publicidad de la próxima Teletón, y junto con los anuncios llueven las críticas.  Críticas que resultan amargas, tanto para quienes las reciben como para quienes las emiten (quedando luego como los malos de la película).

Y es que aquí nos encontramos con otra de esas situaciones enredosas producidas por la manía de nuestro Estado de aparecer como “subsidiario” cuando en realidad se está borrando olímpicamente de sus responsabilidades fundamentales.

A esta altura ya estará saltando alguno para decir “la Teletón lo hace bastante mejor que el Estado” (como leí por aquí).  Pero aquí no estamos criticando la labor de la Sociedad Pro Ayuda al Niño Lisiado: creo que ellos merecen todo nuestro respeto y apoyo.  Lo que me parece impresentable es que el Estado se desentienda de la financiación de esta Sociedad.  ¿No sería lógico que una actividad que nos interesa a todos tenga una partida propia en el presupuesto nacional? ¿No es responsabilidad del Ministerio de Salud, acaso? ¿Por qué debemos depender de la “buena voluntad” de algunos privados para poder financiar derechos básicos?

Tenemos un Estado muy ausente, aunque no tan ineficiente como nos tratan de vender: para lo poco que pagamos en impuestos, estamos obteniendo algunos servicios que no son tan malos.  Pero una mayor tasa tributaria (y especialmente una carga más progresiva) permitiría asegurar más derechos fundamentales como los que hoy se financian con teletones.

¿Y la fundación? ¿Y el espectáculo? ¿Y la emoción? ¿Y la ilusión de tener un país unido y solidario?  Pongamos el entusiasmo y la solidaridad en pagar puntualmente nuestros impuestos, primero.  Y organicemos teletones para otras causas, que luego iremos incorporando a nuestra conciencia y a nuestro presupuesto nacional.

Hoy me decían que no es este el momento de hacer críticas.  Comprendo el temor: no se puede poner en peligro el derecho de los pacientes a obtener su tratamiento.  Ellos son hoy rehenes de esta situación.  Pero podemos hacer tres cosas: hacer nuestra donación en silencio, apagar el televisor, y seguir discutiendo una reforma tributaria que nos permita construir el país que queremos.  Ya nos cansamos de que los dueños del capital definan el país en que nos permiten vivir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Desconfío

 

Así se llamaba un juego de cartas que jugaba con mi abuela. En España lo llaman “El Mentiroso”. Por este barrio seguramente se jugaba (antes de la era Nintendo) pero no sé con qué nombre. La gracia del juego era tenderle una trampa al adversario, poniendo cara de inocente para mentir y cara de mentiroso al decir la verdad. El que desconfiaba cuando el otro decía la verdad, perdía. Y el mentiroso perdía sólo si lo pillaban.

En este momento estamos tratando de participar en una conversación en la que el gobierno cuenta con una cuota de confianza muy baja. A cada anuncio, a cada noticia, dan ganas de levantar la mano y decir “¡desconfío!”. El problema es que en este juego las cartas no se muestran.

Pero debemos seguir intentándolo: si hay algo por lo que me esfuerzo en confiar, es que en algún momento la verdad tiene que aparecer. No se ve mucho entusiasmo por decir verdades, pero me niego a dejar de intentarlo hasta que las cartas estén a la vista.

Desde el Poder Ejecutivo igual nos están diciendo “desconfío” pero lo hacen de una manera que resulta más difícil de desmentir, porque no dan nombres. En el fondo, creo que tienen miedo del movimiento social que están presenciando y están tratando de devolvernos su miedo para que nos quedemos quietos.

Desconfío del Ejecutivo, de El Mercurio, de La Tercera, cuando en vez de hablar de un movimiento social hablan de “encapuchados”. Así, sin nombre ni rostro, para que empecemos a desconfiar de nuestro vecino ¿Será él, mi vecino, uno de los encapuchados? ¿Creerá él que yo soy uno de ellos? Mejor no lo saludo.

Desconfío de los ministros porque en vez de responder a las demandas en forma coherente empiezan a hablar de “ultras”. ¿Ultra qué? ¿Quiénes son esos ultras? ¿Tienen nombre? ¿Tiene sentido negarse a una conversación invocando a unos misteriosos “ultra” que según los ministros se negarán a cualquier negociación?

El ministro Chadwick dice que los “ultra-encapuchados” están recibiendo entrenamiento de “piqueteros argentinos”. Y yo desconfío, porque veo aquí la pluma de lo peorcito de la prensa argentina (diario Perfil) coludida con La Tercera, que reproduce párrafos “selectos” de una columna fraguada en Buenos Aires.

Según el ministro Hinzpeter, los “ultra-piqueteros-encapuchados-izquierdosos-fácticos” son responsables de hacer detonar una bomba en la puerta de Copesa. Y pide urgencia para la ley “anti-encapuchados-izquierdosos-piqueteros-ultra-fácticos”. Y yo desconfío: no me gusta una ley dibujada para desatar una cacería de brujas.

Finalmente, el ministro Larroulet comentó al pasar que se está estudiando la posibilidad de “enajenar activos” para financiar la “reforma educacional”.  Y aquí saltamos todos a coro:

“¡Desconfío!”

Desconfiamos, porque todavía no sabemos de qué reforma está hablando, no sabemos cuánto cuesta, no sabemos qué es lo que quieren “enajenar”. Y desconfiamos, además, porque ya hemos tenido muy mala experiencia con otras privatizaciones hechas por estos mismos actores.

Pero no quiero que esto quede así.

Sin confianza no podemos avanzar un paso. Necesitamos con urgencia hacer la lista de aquellos en los que sí confiamos. Los estudiantes deben mostrar que tienen confianza en sus dirigentes, que ellos los representan y que están jugando el juego sin “ultras” en la manga. También es necesario recuperar la confianza entre ellos y los rectores, que a pesar de algunas “patinadas” siguen arriba del mismo barco (y casi perdiendo la confianza bajo la línea de flotación).

Y sobre todo, tenemos que confiar más en el poder de las palabras. Me parece fantástica la campaña de difusión que la CONFECH empezó a hacer hace unos días, para que toda la población pueda entender y compartir las propuestas estudiantiles. Por ahí va la cosa: los estudiantes cuentan con una cuota de confianza muy grande entre la ciudadanía. Si a eso podemos agregarle la esperanza, los cambios estarán muy cerca.

domingo, 23 de octubre de 2011

Lo que hubiera esperado de nuestros honorables.

 

Me cuesta mucho empezar a escribir.  Esta semana descubrí que algunos vecinos con quienes no estamos siempre de acuerdo me han dispensado el honor de leer lo que escribo.  Y quisiera poder seguir invitándolos a esta conversación: es urgente encontrar caminos de expresión para todos. 

Para todos. 

Para  los que aún se sienten cómodos, para los que nos cansamos de protestar pero no nos cansamos de intentar conversar, y para los que ya se cansaron de hablar y en su desesperanza recurren al grito y la piedra.  Y aunque me cueste, también para los que quieren restablecer la calma usando la luma y los gases.

Podría empezar recordando un viejo proverbio chino… (podría haber sido sumerio, griego o maya, pero no creo que hoy importe mucho).  El refrán decía algo así como: “El sabio señala la luna, y los tontos se quedan mirándole el dedo”.

Hoy no hablaremos de ningún sabio (que si hay alguno, no ha tenido prensa) sino de 17 millones de ciudadanos de a pie, que parecen haberse quedado con los ojos pegados en la mugre de la uña del vecino en vez de mirar hacia dónde señala su dedo.

En una democracia representativa, el pueblo no delibera por sí mismo sino a través de los representantes que ha elegido para esa función.  Desde hace un tiempo, cada vez más ciudadanos están cayendo en la cuenta de que sus representantes no son tales.  No son “uno de nosotros” a quien elegimos en representación nuestra, sino “representadores” profesionales, que pertenecen casi todos al mismo club, y se levantan ocasionalmente de sus sitiales para visitarnos y ofrecernos sus servicios.

Podríamos parafrasear el proverbio inicial: “Los ciudadanos señalan la luna, y los parlamentarios se quedan mirándoles los dedos”

Eso es lo que algunos ciudadanos trataron de señalar al protagonizar una toma en las oficinas del Senado en Santiago.  Y la discusión, en vez de apuntar a la luna (la decepción de la ciudadanía respecto de su posibilidad de hacerse oír a través de sus representantes) se queda en el dedo (los pies sobre la mesa, un vidrio roto, un honorable que quiso dialogar y otro que quería reprimir).  La imagen de una niña (y otros no tan niños) gritando a la cara a un ministro no nos puede dejar indiferentes: es la imagen de una parte de nuestra sociedad que perdió la esperanza.  Quienes todavía esperamos algo de nuestra democracia tenemos la obligación de facilitar una discusión que también los represente a ellos.

Los amigos de las formas se escandalizan con razón: este no es el camino, esto no es democracia.  Puedo comprender ese sentimiento cuando viene de mis vecinos, pero me resulta inaceptable cuando se transforma en el discurso de nuestros “representadores”.

Estimados parlamentarios de oposición: si siguen más preocupados por su seguridad que por representar a sus electores, se van a quedar sin pan ni pedazo.  Prolongar el conflicto para no sufrir la vergüenza de que se resuelva durante este gobierno no les va a aportar un solo voto más.

Estimados parlamentarios oficialistas: ayudar a la resolución de los conflictos actuales no es opcional, esa es su pega, por la que sus electores votaron y todos los contribuyentes pagamos.  Si quieren ayudar a su gobierno escuchen a quienes les dieron su voto, no a quienes financiaron su campaña.

Honorables todos: no nos dejen caer en la desesperanza.  Las asambleas populares son mucho menos eficientes que la democracia representativa, pero sólo ustedes pueden ofrecernos hoy una alternativa, mostrándonos que pueden dialogar como representantes nuestros y no como “representadores” a sueldo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Desiderata

Ya me aburrí de criticar las poses que asume el ministro para disimular sus posturas impopulares.  No hago más que repetir lo que es evidente de este lado de la mesa, e incomprensible para los que están sentados al frente.  Vamos a intentar aclararle un poco la película, para que vea que con una propuesta decente sí se pueden lograr acuerdos.

De usted, señor ministro, hubiera deseado:

Que en vez de partir con la consigna “no podemos hacer que los pobres paguen la educación de los ricos” hubiera dicho, por ejemplo: “Dado que actualmente hay desigualdades de base, que comienzan antes de la enseñanza básica, debemos empezar reforzando las primeras etapas de la educación antes de pensar en la gratuidad de la educación superior”.  ¿No hubiera sido una forma más lógica para empezar a conversar?

Entendemos que actualmente las generaciones que intentan llegar a la universidad vienen con la misma carga de segregación que en años anteriores.  Es decir: los que han tenido menos oportunidades en su enseñanza básica y media no van a ser los primeros beneficiados por la eventual gratuidad de la enseñanza universitaria.  Para que la enseñanza superior gratuita se distribuya equitativamente sin discriminar origen socioeconómico es necesario que todos los que postulan a la universidad hayan tenido las mismas oportunidades.  Así, serán necesarios varios años de buenos jardines, preescolares, buenas escuelas básicas y medias, para que la gratuidad en la enseñanza superior sea justa para todos.

Si Usted, señor ministro, hubiera partido desde esa posición, hoy estaríamos hablando de la garantía de gratuidad y calidad en las primeras etapas, montos de inversión, plazos, y las medidas necesarias para no seguir perdiendo generaciones mientras avanzamos hacia un sistema que de verdad eduque.

En vez de amenazar con que el “fin al lucro” dejaría a medio país sin escuelas, podría haber partido diseñando un sistema de control que regulara las tarifas y el cumplimiento de las normas (especialmente las que prohíben la selección) exactamente como se hace con otros servicios básicos. 

No es exactamente lo que los estudiantes piden, pero se acerca mucho más, es algo que se puede entender como un paso adelante.  Y una buena regulación seguramente espantaría a quienes se metieron en el negocio de la enseñanza sólo por el dinero. 

Y no me hable de la comisión para estudiar si se forma un grupo para redactar un proyecto: esto se debe hacer ya.

En vez de hablar de “becas y créditos para quienes lo necesiten” podría haber empezado por hablar de auditar los costos reales de las universidades y hacer un saneamiento que deje los aranceles en niveles más acordes con nuestra economía.  No es posible que tengamos las universidades más caras del planeta (comparando el precio con el ingreso per cápita).  Eso se tiene que terminar. 

Hay algunas propuestas muy convenientes de arancel diferenciado, que también serían un buen punto de partida.  Usted sabe de qué hablo.  También hay diseños propuestos para entregar créditos a interés cero, que se devuelvan a través de la declaración de impuestos según los ingresos del egresado (y no en cuotas desvinculadas del ingreso).  Esto resultaría aún más barato que dejar que sigan lucrando los bancos (que ya bastante han engordado con el CAE).

Seguramente si partiéramos de esta base, tendríamos algo interesante para discutir y dar a luz a un proyecto aún mejor.  Pero con lo que tenemos hoy no hay ni para empezar.

Y por favor: no siga repitiendo que no se puede negociar a “todo o nada”.  ¡Vamos, ministro!  Aquí le dejo estas ideas que no son “todo” ni “nada” sino sólo un poquito de “algo”.  No son mías: son de varios vecinos suyos que están de este lado de la mesa, junto al 80 y tantos % que creemos que las demandas son justas.  Si se atreve a conversar con los estudiantes en estos términos, le apuesto un completo a que lo van a escuchar.

No tenga miedo: los muchachos llegan a la mesa con slogans que a usted le suenan mal.  Pero ellos no van a dejar de repetir sus slogans mientras usted no cambie los suyos.  Si los trata como adultos verá cómo se gana su respeto.

RSVP (ya sabe usted a quiénes).

domingo, 9 de octubre de 2011

Lo que vale es la intención (oculta)

Y se nos fue otra semana sin acercar posiciones.  Y creo que si no podemos ponernos de acuerdo en la estructura que queremos dar a nuestro sistema educativo, es en gran medida porque no están sobre la mesa las intenciones de cada uno de los actores.

A través de los dichos y actuaciones de cada parte, todos tratamos de adivinar sus propósitos. Nos vamos formando una idea, y en algunos casos atribuimos buenas o malas intenciones a cada uno.  Y tenemos que hacerlo porque sospechamos que no se ha dicho todo, que hay agendas ocultas, que algunas intenciones son inconfesables.

Cada parte adjudica a la otra la intención de prolongar el conflicto.  Los estudiantes creen que al gobierno le conviene apostar al desgaste.  El gobierno dice que la intención de los estudiantes es sencillamente perjudicar al oficialismo.

El ministro dice que no se puede cambiar la educación de la noche a la mañana.  Esto no es una justificación para no cambiar las ideas y principios que han convertido a nuestro sistema educativo en el mamotreto que estamos sufriendo hoy. ¿Cuál es la intención del ministro? ¿De verdad cree que este sistema es bueno y que no requiere un cambio sino sólo algunos “ajustes”?

El presidente dice que “estamos todos de acuerdo con esta causa noble y hermosa”, pero sus actos desmienten sus palabras. Sería bueno que aclarara en qué, según él, estamos de acuerdo.

El vocero de gobierno compara la propuesta de los estudiantes con el Transantiago.  ¿Es sólo un golpe bajo contra la Concertación?  ¿Está tratando de defender el negocio de algún amigo?  ¿Defendiendo a alguien que aportó en la campaña?

Los medios tradicionales de difusión (ya no podemos llamar a eso comunicación) intentaron que el plebiscito por la educación pasara desapercibido.  Empezaron a informar cuando ya no se podía esconder.  Y en vez de destacar la altísima participación, se dedicaron a mostrar que era factible votar más de una vez… ¿Están acaso defendiendo los ingresos que les proporciona la publicidad de las universidades?

Se critica la postura de los estudiantes por ser “todo o nada”.  Pero de parte del gobierno la única propuesta que se presentó es “nada”.  Una nada con intereses más bajos, sí, pero el doble de nada sigue siendo nada.

Para que los estudiantes se sienten a considerar alguna propuesta del gobierno, es necesario primero convencerlos de que esa propuesta nace con buenas intenciones: buscar obtener el mayor beneficio para la mayor cantidad de gente posible, poniendo cuidado en no provocar perjuicios por acción, omisión o falta de previsión.  Esto es lo que aún no hemos visto.